lunes, 13 de noviembre de 2017

El armario prestado



Esta era yo en los 70
Estoy preparando un libro con algunos poemas escritos de los veinticinco a los treinta años. Estos poemas me van a desnudar el alma; he sopesado la conveniencia o no de publicarlos, pero al final ahí los tendréis. Pienso que para el tiempo que me queda en este convento… Además, cuando tienes más pasado que futuro, todo te importa menos. Ya no viven mis padres, el único freno que me podía impedir mostrar mi vida como fue hasta mis treinta años.
Nunca he tenido armario, siempre he estado encerrada en armarios prestados, casi impuestos, diría yo, pero tampoco me importa a estas alturas.
He amado como si me fuera la vida en ello, y es cierto que me iba, porque me pasé mucho tiempo deseando la muerte. Es curioso que mi último poema sea del año 1976, poco después de descubrir que el hombre de mi vida era mujer.
Dejo a la imaginación de quien quiera leer estos poemas, elucubraciones cómo había sido mi vida para ser así a los veinticinco años, pero eso ya ni siquiera me importa a mí, mucho menos a un lector de poesía. También es verdad que de no haber tenido ese desasosiego, nunca habría escrito poesía, la prueba de ello es que ahora escribo crímenes. Pero no sé que ha pasado que en este último año he sentido la necesidad de cambiar mi registro, de abandonar la muerte como protagonista; tal vez sea porque se me acaba el tiempo, y ahora va en serio.
Que nadie se alarme. Estoy bien, soy feliz con mi vida, tengo a mi extensa familia que me quiere como soy. Es cierto que la parcela del amor está cerrada, por más que muchos me digan que ‘eso no se puede decir’. Bien, no lo diré, pero nadie me impedirá sentirlo. Más arriba he dicho que a los treinta años me di cuenta de que el hombre de mi vida era mujer, pero al llegar a los setenta descubro que la persona de mi vida soy yo. Me gusta estar sola; me relaciono por salud mental, no por necesidad, que está cubierta por pocas amigas, pero de verdad. Mi mundo crece a medida que reduzco las relaciones innecesarias, las que me crean displacer. Ya no me conformo con esperar, perdonar y dar oportunidades. No tengo tiempo. La decepción tenía una segunda y hasta tercera oportunidad en mi mundo relacional, pero hoy solo tiene una. La decepción pone el punto final, y lo que más me espanta, es la capacidad que he adquirido para borrar todos los recuerdos que me causen problemas.
Y esta soy yo ahora
Mirarme al espejo es constatar el paso del tiempo y adecuar mi alma al proceso. Las limitaciones físicas van de la mano del endurecimiento del alma. Tal vez sea que se nos han anestesiado los sentidos con tanta barbarie alrededor; quizá sea un escudo protector o simplemente cobardía, que siempre cuesta asumir porque todos creemos llevar un héroe dentro. Lo cierto es que me conmueven pocas cosas, la verdad. Mi gata Candela ha venido a llenar el único hueco que quedaba vacío y su calor me ha quitado el frío. Igual que yo, venía escaldada de la vida, pero al final se ha convertido en lo que siempre soñé: un ser vivo que devuelve el cariño, cosa que he echado de menos en mi especie.
Hacía mucho tiempo que no escribía aquí, mi blog no tiene demasiados protagonistas porque es personal. Tampoco tenía nada nuevo que contar.
Si habéis llegado hasta el final, gracias por vuestra paciencia. Y si después de llegar no sigo entre vuestras amistades, tampoco me rasgaré las vestiduras. A los treinta años, sí, ahora no.

miércoles, 8 de junio de 2016

La Feria de las vanidades

Porque en el fondo vendemos poco los que no somos mediáticos, los que no salimos en la televisión o en los programas del corazón. A pesar de todo ahí estamos año tras año, con suerte de poder estar, porque los independientes tenemos que utilizar atajos para firmar unos libros que nos ha costado sangre sudor y pocas lágrimas crear, la verdad, porque si algo tiene escribir una novela, es el placer de hacerlo.
De las vanidades, sí, porque, no nos vamos a engañar. A todos nos hace ilusión colocarlos al otro lado de la caseta con un cartel que pone nuestro nombre. El escritor que diga no tener ego, miente cual bellaco, como decían los antiguos. En mi caso debo reconocer que si no hubiera sido por mi familia parental y la otra, la que se crea a base de cariño y solidaridad, la que me regalan día a día mis amigas Las Sepias, el ego se me habría encogido de soledad. Solo unos cuantos extraños se acercaron el día que firmé en la caseta 13, bajo el auspicio de la adELA, una asociación que presta su apoyo a los afectados por la Esclerosis Lateral Amitrófica con Ramón Alcaráz, siempre allí, siempre regalando su tiempo y su amistad. Ese día, acompañada del booktrailer de El asesino del ajedrez, vendí a desconocidos. ¡Qué cosas! La novela que menos trabajo me ha costado escribir, es la que más éxito tiene.
Allí han estado cada día de firma Gema Martín, Elena L, Carmen Martín Audouard, Nieves Beteta del Pozo, Carmen Martín Navas, Almudena Gutierrez, Mercedes González Santandreu, María Loreto Navarro Pacheco, Nataliuki Al, mi inefable amiga de toda la vida la periodista Mayte Diez, la pintora Pilar Ruiz, los escritores Cita Franco Parrilla, Manuel Navarro Seva, Bea Magaña y pido perdón si me dejo a alguien, que la memoria no es la que era. ¡Ah, sí! Los maridos de dos de ellas, que también son ya amigos, Pablo y Fernando. Y como siempre, Paco, mi hermano y editor. No puedo dejar de agradecer la presencia de mi cuñada Michu y varias de sus hijas, una de ellas, también escritora, Teresa Gallego Arjiz.
Y, vanidades al cubierto, no me queda más que dar las gracias a todos, que por mayoría son todas y desearles lo mejor. Por mi parte dejar ya de zascandilear y ponerme a escribir, que debería ser lo mío, pero... Como ya he dicho al principio, al no ser mediátrica, ni protagonista de un escándalo, todo esto supone parte del trabajo si quiero vender algún libro.


martes, 19 de abril de 2016

¡Por fin la 4ª!

Cuando empezó la novela que pronto tendréis en vuestras manos los amigos del papel, y en vuestros dispositivos de lectura, los que quieran, os voy a contar un poco su camino.

Comencé a escribirla en 2012; el decorado no podía ser más idílico, pero no tardó en cambiar. El primer cambio brusco y doloroso fue la muerte de mi querido gato Freud. Me faltaba su atenta mirada a mis manos mientras tecleaba, su hocico pegado a la flor de la orquídea y su ronroneo cuando hacía una pausa y nos acariciábamos.

El siguiente cambio fue compartir el espacio; era necesario, no se podía elegir porque necesitábamos la habitación del otro estudio para dormitorio. Obsesiva como soy, romper el orden me descolocó bastante. Muchos libros a los que miraba el lomo mientras pensaba, vivían ahora en el pasillo. La bedita soledad se convirtió en una sensación extraña porque mi energía se dispersaba. La novela no avanzaba.

La vida sin escribir se convirtió en algo innecesario. Los días se sucedían y, supongo que por inercia, me convertí en ama de casa, algo que nunca había sido y nunca quise ser. Demasiado trabajo para los demás y muy poco para ti. Elegí la vida independiente, con espacio para el amor y la pareja, pero sin renunciar a esa libertad que había elegido, no incluyendo en el lote ser ama de casa. Los hombres no lo incluían. Si me apuras, hasta con compras diferentes por aquello de los gustos, pero comprendí que sería pasarme y en 1970, aflojé las exigencias.

―¿A qué viene ahora que nos cuente su vida? ¿No había venido aquí a hablar de su libro?―. Se preguntarán algunos a los que todo esto le importe un bledo y crean que van a oír hablar de una novela. 

Cierto, pero cuando la concebí, ni la trama ni el desenlace se parecen en nada a lo que ahora os llegará. Los personajes han cambiado. Son los años del Golpe de Estado de 1981, y no digo intento. El golpe fue parar los golpes que le venían encima a España si a la gente se le quitaba el miedo a los militares. Por eso no se lió. Eso lo puedo decir ahora, pero en el momento que sucedió, el miedo a un retroceso paralizó muchas reivindicaciones.

Sigo con la historia de Nada será igual, título de esta cuarta entrega de la saga. En otoño de 2014, llevaba ya seis meses en Madrid, hubo un conato de seguir con la novela, pero era incapaz. Empecé unas diez novelas (infumables), que esta mañana he ido eliminando sin ningún remordimiento. Algunas con setenta páginas de basura iconexa, que no obedecía a ningún argumento.
No ha sido, hasta un año después, en el nuevo escenario que os muestro, en otoño de 2015. Eliminé mucho escrito y giré el ritmo, que aburría hasta al cadáver. Miré esa libreta que uso pare recoger lo que he dicho y no repetirme en capítulos sucesivos, que eso aburre mucho, pero si no tienes cuidado, se escapa. Estaría bien poder escribir planificando, pero a mí no me funciona. En ese momento se fragua la novela que pronto tendréis en vuestras manos.

Esta novela es cosa de familia, casi... El mayor de mis hermanos, Paco, es el editor y CERSA su editorial. Tomás (fotógrafo 1953), el pequeño, es autor de la fotografía de portada y su hija Sara, la que presta una imagen a Candela. Y estoy contenta de que sea así, porque aquí he conocido mucha y muy buena gente; Facebook también me ha tendido sus brazos, hasta tal punto que muchas o la mayoría de personas que hoy considero amigas, las he conocido a través de las redes. Pero los primeros en abrirme los brazos después de cuarenta y cuatro años de ausencia, han sido mis hermanos, sus parejas y sus hijos. Hasta los más pequeños. Gracias, en primer lugar a ellos, porque Candela seguirá caminando. Y gracias también al pueblo de Madrid que me abrió los brazos y me regaló a su gente, que por cierto, muchos no son de Madrid. Ya está en marcha la quinta, pero ya os contaré.

Ya no os puedo decir más sin hacer de autospoyler (¿se puede decir así?). La portada es la misma de toda la serie. Solo cambia la fotografía.

Gracias por llegar hasta aquí.

domingo, 21 de febrero de 2016

PP versus PR


Hace más de treinta años que tengo las gafas que llevo ahora
Que nadie se asuste, no voy a hablar de política. PP (Principio de placer) PR (Principio de realidad) Me movía yo en estas aguas cuando he decidido olvidar el PR que me exigía compromisos contraídos conmigo.
El caso es que cuando hemos escrito cinco novelas, se nos llena la boca de "ser escritor" (escritora en mi caso. Después de mucho pensar estos días, en los que está a punto de salir el cuarto título de Candela Luque, he llegado a la conclusión de que no soy escritora.
Un escritor profesional es capaz de escribir lo que tiene que escribir, no lo que le apetece. Menos mal que elegí el camino independiente también para mis novelas, porque si ahora tuviera que cumplir hipotéticos compromisos, que solo contraje conmigo misma y en este sentido soy muy permisiva, no sé qué haría. Vivo al día también en lo emocional y me perdono no cumplir objetivos. Ya no, cuando se tiene más tiempo por detrás que por delante la vida se mira de otra manera.
Me había propuesto terminar una novela que está dividida en dos partes. Una primera está escrita y pensé que podría presentarla al concurso de Amazon. Más que con esperanzas de ganar, para buscar un aliciente, seguir la clasificación en los tops como si de una liga se tratase. En fin, ya me entendéis. 
Parte del Club Tardes en sepia
Pues resulta que no. Me pongo a trabajar y mi cabeza se va con Candela. Tengo mucho que decir con su voz y poco con la de otros personajes. Me pongo a ello. Mañana comienzo la quinta entrega. Sé lo que quiero decir con ella, pero no sé qué delito buscarle. Crimen, desde luego, pero... ¿Dónde? Y ¿Cómo? Me falta lo más divertido, y me da lo mismo si no me presento al premio, si no sigo la saga de Ramona. Me da lo mismo todo. Candela me necesita. Vale, seré sincera: yo la necesito a ella.
Gracias por escucharme, por seguir retazos de mi vida, de mis pensamientos. Algunos dicen que no está bien eso de contar tu vida por las redes, pero... ¿Es sano no mostrarse? Yo creo que es sano tener muchos interlocutores que te dan una opinión, consejo o apoyo. O simplemente tener con quien hablar el momento que quieres, no todo el tiempo como pasa en la convivencia.
Las redes me han regalado muchas personas, pero pocas como este grupo, que faltan algunas que no pudieron venir (tampoco hubiéramos cabido). Visto lo visto, creo que tendré que buscarme una casa más grande.
Hasta pronto, no sé cuando volveré a publicar. Siguiendo mi PP, cuando me apetezca.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Y llegaron los 70

Antes de cumplir los 60
Y no me refiero a esos gloriosos años llenos de ilusión porque íbamos a cambiar el mundo, que no cambió, por cierto, y si lo hizo, algo salió mal.
Me refiero a los míos. A mis 70. Estreno una nueva década y eso siempre da un poco de vértigo, sin embargo, me consuela pensar que no he perdido un solo minuto de estos años pasados. He vivido y vivo con intensidad cada momento como si fuera el último, pero no ahora que te das cuenta que tienes más tiempo por detrás que por delante. Siempre he sido así. Siempre he dicho que llevo la peineta en el alma.

Mi última etapa laboral. Mi despacho en el CSIC
Me imagino que le sucede a todo el mundo. Me refiero a esos propósitos que nacen al albor de fechas señaladas. Mi objetivo no es otro que hacerme amiga de la naturaleza. No sé cuándo y por qué nos peleamos, porque antes no me daba tanto miedo. Mis recuerdos se remontan a los años sesenta, cuando buceaba en el Mediterráneo buscando nácar, armada de tubo, aletas y gafas y el oxígeno que cabía en mis pulmones, que entonces era mucho. No sé cuándo se instaló el miedo a encontrarme peces -qué tontería, ¿qué va a haber en el mar?-. Hasta tal punto, que no me baño más allá de metro y medio adentro para poder salir corriendo si veo un pez más grande que mi dedo meñique. A las lagartijas, avispas y demás pobladores de lo natural, creo que les tengo miedo desde la adolescencia, y en esta nueva década he decidido enfrentarme a ello.

De otros planes no tengo opción, la vida los ha decidido por mí. No tendré más remedio que salir a caminar, por más que me parezca una tontería eso de dar pasos a ninguna parte. Porque ya me contaréis el sentido que tiene eso de salir de la cama y ponerte a andar mirando el reloj para dar media vuelta cuando haya transcurrido la media hora estipulada, o la hora, cuando sea capaz de resistirla. En fin, que mi sentido práctico se rebela a recorrer un camino sin objetivo. A lo mejor si mi espalda mejora, se lo veo. Os contaré.
A los 20 con mis niños

La meta que me tracé al cumplir los sesenta la he cumplido: escribir novelas. Claro que el destino ha puesto su granito de arena, vaya, más que granito, un pedrusco considerable, porque no entraba en mis planes un cambio de ciudad y de vida. Tampoco perder más de tres años sin escribir, sin centrarme en mi objetivo, pero la diosa Fortuna ha vuelto a sentarse a mi lado y, una vez recuperado mi ritmo, espero de esta década terminar la vida de Candela, que se cierra con su jubilación. Seguir adelante con la saga de Ramona, por más que yo me negase a que lo fuese, pero esos lectores -a los que debo todo-, así lo han pedido y no puedo negarme. Luego están otros proyectos que no son saga, algunos muy adelantados que espero vean la luz para el verano.

Lo demás se lo dejo a la vida, que siempre hay que dejar un trocito al destino porque hay cosas para las que no se puede hacer planes porque no dependen de mí. Me refiero a la salud, dinero y amor. La única ventaja es que he aprendido a vivir sin dos de ellas, que la salud, por suerte, no me falta, si exceptuamos mi maltrecha espalda. Será porque me lo cargo todo en ella y cada día puedo con menos peso.

Y para terminar, no voy a hacer una loa de eso de cumplir años. Ni pensarlo. Es un asco en algunos aspectos. Por ejemplo os diré que mi afición por el bricolaje se ha quedado por el camino, porque apenas puedo abrir una botella de agua, imaginaos apretar un tornillo; subirme a una escalera se ha convertido en una actividad de riesgo porque me da miedo caerme. Otra cosa que ya no puedo hacer es cambiar los muebles de sitio cuando me canso del entorno,  ¡cualquiera los mueve! La última vez que lo hice me costó varios días de calmantes y mantita eléctrica.
Con mi hermano Luis en la Plaza Mayor
No quiero dejar la impresión de que cumplir años es un lastre. Soy una joven de treinta años con una funda de setenta, porque mis ganas de hacer cosas, de aprender, de divertirme, de soñar, están intactas. Para ellas no ha pasado el tiempo, y si lo ha hecho, ha sido para sumar. Cada día me doy cuenta de lo mucho que me queda por aprender.
 
Hasta pronto. Ya os contaré la fiesta que celebraremos dentro de unas horas. Es un orgullo para mí que después de estar alejada tantos años de mi familia, todos hayan aceptado compartir conmigo el final de esta década, o el inicio de la siguiente, nunca se sabe. Solo me queda un recuerdo triste para una persona que no estará y que echaré mucho de menos. Mi querido hermano Luis. Por ti, Luis. Por todos esos años en los que estuviste a mi lado.

martes, 29 de septiembre de 2015

Los personajes

Esta vez cumplo. Os contaré cómo los creo yo, no cómo se crean, que cada uno es un mundo y su creación es suya.
 
Necesito hacer una breve introducción para puntualizar un poco. Tal vez para defenderme de las críticas que recibo cuando sustituyo o compagino mal, el mundo de papel con el real. La culpa es de ellos, de los protagonistas, de ese grupo que va naciendo al compás de tu historia; son posesivos y absorbentes, no se separan de tu lado, duermen contigo e invaden tus horarios, porque si ellos tienen algo que decir te quitan hasta el hambre y no hablemos del sueño. Cuando ya tengo lo que quiero contar, puesto que yo escribo con narrador omnisciente, aparecen ellos: los que la viven.
 
La protagonista o él (la en mi caso), quiere ser diferente, original, sin caer en estereotipos, pero, ¡ay! Si no está todo inventado, no queda demasiado por descubrir, así que lo mejor es que sean normales y corrientes, que tengan su pequeña gracia, como todos los que somos del montón, porque podemos dejarlos planos y nadie simpatizará con ellos.
 
Lo primero que necesito es verla. Crear esa imagen mental en la que ella va a trabajar. Ya la veo. Ahora voy a escribir su vida. Le hago una ficha con su edad, descripción física, le busco casa, amigos, le creo gustos para comer, vestir, ocio, carácter... Escribo su biografía. Cuando ya es mi amiga, cuando dormimos juntas, ya puede empezar a rodar, pero claro, sola no puede hacer nada. Le buscaré amigos. Ya somos más en mi vida; en ese momento vivo con ella, pegada a su sombra y recorro los senderos de su vida. Ya tiene quién le de el contrapunto para reflejar su físico, su carácter y su forma de ser sin tener que recurrir a la copla: "Era hermoso y rubio, como la cerveza".
 
Nos vamos a trabajar. Mis protagonistas son policías, ese es mi género y ahí lo tengo más fácil porque conozco el ambiente desde dentro, pero no es lo mismo, porque no se trata de contar mi vida, aunque aproveche la experiencia. Entonces es cuando paso unos días leyendo con media cabeza y con la otra media imaginando ese entorno en el que ella no tardará en entrar. Organizo su mesa de trabajo, los bares que frecuenta cuando sale a desayunar, los compañeros de oficio... ¡Uf! Otro parón.
 
Tienen que ser reconocibles, con sus características y su idiosincrasia genuina, pero cuidando, como en la protagonista, no exagerar. Busco en mi memoria personas que hayan pasado por mi vida y elijo. Manel, el policía compañero de Candela tiene mucho de un inspector que conocí en mis tiempos. Virginia también. Una médico frustrada, una mujer seria y difícil de conocer porque se lo guarda todo para si. Vuelta a hacer fichas, vuelta a crear físico, carácter, vivienda, gustos...
 
La mayoría de autores emplean un tiempo infinito en documentarse y descuidan a sus criaturas. Yo les doy la máxima importancia, que la documentación es parte del proceso creativo, porque la consulto en la medida que la necesito. Creo que he leído cuanto ha caído en mis manos sobre La Transición, pero no antes, sino durante la escritura de la novela. Claro que tenía la ventaja de haber vivido la época. Las novelas que exceden de documentación y descuidan los personajes son otra cuestión de la que no voy a hablar, porque no quiero hacer crítica literaria, sino compartir con vosotros mi proceso creativo, mi forma de escribir. Tal vez no sea un taller y me expresé mal en el post anterior, aunque confío en que a algunos os puede ayudar, como a mí me ayuda cuando alguien me cuenta su forma de trabajar.
 
Llegados a este punto la novela echa a andar. Entonces es cuando el entorno real, si no desaparece, se diluye bastante porque no necesito a nadie, solo a ellos. A mis personajes vivos entre mis líneas, sus problemas, que serán los míos, su trabajo, al que acudiré cada mañana con ellos. Y por encima de todo, sus vidas, que serán la mía.
 
El próximo día: el asesino y la víctima.
 
Gracias por leerme.


 

domingo, 6 de septiembre de 2015

La puerta del otoño




...apenas entreabierta, intento entrar en ese momento del año en el que mi psiquis alcanza su periodo productivo, pasadas ya las cervezas porque hace calor, y dormir una siesta, porque dan sueño. Mojitos por la noche y gente por doquier.
Una contrariedad de salud me ha robado tiempo, pero ya puedo recuperarlo y se me ha ocurrido comentar con vosotros, los que leéis este blog, o los que, como me sucede a mí con otros amigos, os importa lo que digo.

Muchas veces leyendo autores conocidos y no tanto, me doy cuenta de algunos detalles que yo he ido aprendiendo con los años y que no me los han enseñado en ningún taller, por más que los que he hecho me han servido y me han permitido crecer como escritora. En resumen: que he pensado impartir talleres. ¡Que nadie salga corriendo, por favor! No busco negocios. Los haré gratis a través de este blog, que se enriquecerá si queréis poner vuestra forma de hacer. Cuando se termine, estoy segura de que habremos aprendido algo.

¿Primero el título o el argumento?


Cuando pienso en escribir una nueva novela lo primero que necesito es tener ganas de contar algo. Es decir, estar peor si no lo haces que si te pones a ello. Ese es el momento en el que la familia, amigos, compromisos y demás entorno, dicen que "no estás haciendo nada". En mi caso, novela policiaca, pienso en hechos que me han llamado la atención, del pasado o del presente; en ese punto piensas en unos personajes. Al fin y al cabo, la novela la van a escribir ellos.

Ya tienes dando vueltas en la cabeza conflictos sociales: violencia de género y sin género. Corrupción y decadencia del sistema actual (democracia de libre mercado, vaya). Y si no, un mundo silencioso que avanza con sigilo para conseguir su propósito: nuestro exterminio. Entre todo ese universo, mira si hay temas para escribir y vehiculizar todo lo que tú harías, o explicarlo por si alguien no lo ve, o recordar que si una vez se cambió, se puede volver a hacer.

En definitiva: escribir para que otros puedan vivir en su imaginación la historia que les cuentas. Una buena trama con malos actores, siempre será una mala obra. Aquí viene la parte más importante, desde mi punto de vista. La creación de los personajes. Tal vez demasiados años en la Administración y algunos en la policía, me hacen recurrir a recursos sospechosos: hago una ficha por cada uno.

Año de nacimiento, lugar, padres, abuelos, hermanos y toda la parentela que quieras ponerle, pero yo creo que demasiada aburre y si no hacen falta, echar mano de los que hayan podido influir en el carácter del personaje y sacarlos a pasear de vez en cuando para que el lector no los olvide, son secundarios de primer orden.

El próximo día, ya sin preámbulos, entramos de lleno en la creación de los personajes. Ya veremos cuando empiecen a vivir, cómo se llamará la novela.

Bienvenidos a la entrada del otoño